De pequeño siempre pensé que eso de
leer era un “tostón”. Nos obligaban a leer libros que me
parecían discurrir demasiado lentos. La energía que se tiene de
niños demanda en ocasiones finales rápidos.
Cuando somos más que jóvenes la
paciencia se nos escapa entre las manos.
Sin embargo, es curioso cómo según
pasan los años, los intereses van cambiando e incluso en ciertos
aspectos se va reduciendo la velocidad de nuestras vidas. Este hecho
me ha pasado con dos cosas; una la comida, ahora adoro a esas
verduras que de pequeño odiaba más que a Freddy Krugger. La segunda
es la lectura, ahora disfruto leyendo, valoro una buena historia y la
saboreo incluso evitando llegar a las últimas páginas.
Hoy en día, nuestros alumnos, niños e
hijos son los que son y tienen su propio contexto. Ahora más que
nunca viven en el mundo de la imagen, de lo virtual, en el que todo
es instantáneo. A veces incluso lo tienen todo tan a mano que les
embota, impidiéndoles pensar un poco más de lo normal.
Este hecho sin duda, lo vivo día a día
en mi biblioteca. Los niños se han vuelto cómodos, no quieren tener
que leer durante horas para saber algo que según ellos podrían
conocer con darle a una simple tecla de ordenador.
Su interés se centra en la imagen, en
lo llamativo, en lo que les entra por los ojos.
Los intereses y las necesidades, nos
guste o no, han cambiado. Y aquí es donde entramos en juego los
famosos adultos. Nosotros somos los magos que tenemos la varita que
puede hacer despertar en nuestros alumnos e hijos el interés por
saber que hay más allá de una simple imagen.
Según están los tiempos necesitamos
ser ávidos comerciantes y vender de la mejor manera posible, ese
producto tan fascinante como es la lectura.
La experiencia nos dice que en los
libros está el conocimiento, la historia, la ciencia e incluso otra
manera de diversión. Ahora sólo falta que sepamos darles a nuestros
pequeños la llave adecuada para que consigan abrir esos libros que
al menos en el caso de mi colegio están todavía cerrados.